Esa noche, Elena recordó algo: su madre, en su lecho de muerte, le había puesto la mano en la frente y dicho: “Hija, si alguna vez sientes que el cielo está cerrado, clama. Aunque tiembles. Aunque no sientas nada.”

A las 3:33 a.m., Elena se levantó. No con fe heroica, sino con un susurro: —Señor, no entiendo. Pero Tú sí. Ayúdame.

Lo que Elena ignoraba era que sobre el techo de su casa, dos seres se enfrentaban cada noche. Uno era alto, de luz fría, con ojos como grietas rojas. El otro apenas brillaba, herido, con una espada pequeña y rota.